-Hace apenas unos días, me aventuré a visionar la nueva cinta de Clint Eastwood: Invictus, que tenía pendiente desde hace tiempo. Prácticamente me sentí obligado a hacerle su respectiva crítica, pues ¿qué decir?: me encantó. Una magnífica película sobre unos convulsos tiempos en Sudáfrica. Realmente es un placer encontrar un film que realmente habla de algo, en una era saturada de 3D y hombrecillos azules.
Tras despedirse de la actuación en Gran Torino, Eastwood se propuso adaptar la novela de John Carlin El Factor Humano, rebautizada para el cine como Invictus, título del poema de William Ernest que Nelson Mandela llevó como un mantra durante sus años en prisión. Un relato periodístico que narra la llegada de Mandela a la Presidencia de Sudáfrica y el deseo de reunificación que éste llevaba consigo tras 50 años de apartheid -27 de los cuales el mandatario pasó en la cárcel-; se convierte aquí en un film que transita por los derroteros históricos, políticos y deportivos de una nación al borde de una guerra civil, fragmentada por el odio, las desigualdades económicas y la incertidumbre.
Con ese contexto histórico de fondo, Mandela ve en la Copa Mundial de Rugby de 1995 el evento que puede reunificar a su nación. Para ello recurre al capitán del poco esperanzado equipo surafricano, Francois Pienaar, y colocar sobre sus hombros la responsabilidad de la victoria.
Difícil de clasificar, Invictus se mueve entre el cine político y el cine deportivo; que hacia el final se crece con una de las mejores secuencias de su tipo. Lo que parece en esencia un mero registro histórico, se va convirtiendo de a poco en un relato de emancipación y logro; donde Eastwood exprime con delicadeza las emociones y subraya el peso de la tolerancia y el perdón.
El realizador de Río Místico huye del biopic al uso y aún más de la elevación a los altares de uno de los hombres más importantes del Siglo XX. Consigue acompasar el tono entre sus dos protagonistas masculinos, dividiendo en dos bloques el relato.
Como Nelson Mandela, Morgan Freeman mantiene el pulso y ritmo de la primera parte, ofreciendo un trabajo reposado y contenido, sin alardes interpretativos, que va sirviendo ese tono inspirador del film. Luego, ya desde el campo de juego, Matt Damon, en tanto Francois Pienaar toma el testigo y consigue llevar la historia a ese clímax de éxito y reconciliación que Eastwood va construyendo sin prisa.
En Invictus, Morgan Freeman ofrece una de sus mejores interpretaciones, incluso una muy superior a aquella que le hizo ganar el Oscar por Million Dollar Baby, de 2004. No es gratuito que reciba su cuarta nominación a los Oscar por uno de los papeles que el actor había anhelado desde hace mucho tiempo. Freeman es secundado por un correcto Matt Damon (nominado también, como Mejor actor de reparto), quien interpreta a Pienaar y héroe definitivo de una victoria histórica.
Sorpresivamente ausente del resto de las categorías a los Oscar, Invictus habría podido sin duda, colarse entre el quinteto que premia al Mejor Director, al Mejor Guión Adaptado y por descontado entre las diez mejores cintas del año –al menos por encima de The Blind Side, entre algunas otras-, pero al parecer, la Academia prefirió decantarse por otras opciones como Up, que no es que no se lo merezca, pero ya tiene una categoría específica en la cual competir (Mejor Película de Animación), en la que también está nominada.
En fin, y para no extenderme más y generar spoilers, Invictus es una muy buena historia y muy bien contada cada escena rebosa sorprendentes detalles, que se acumulan en un rico compendio de historia, impresiones culturales y emoción.
Por fortuna, tendremos más de Eastwood pronto. El heredero del gran legado cinematográfico de Hollywood ya tiene a punto su nuevo proyecto: Hereafter, su incursión en el thriller sobrenatural.